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Mi Balcón

Una historia escrita y contada por la reportera Carmen (aka Casilda)

Yo también fui niño, pero he de decir que ahora ese no es mi caso. Ahora soy mayor, aunque a lo mejor tenga algún niño travieso y dulce dentro de mi. No lo sé.

Cada atardecer miro la calle desde mi balcón. Ya no es lo mismo que antes. Recuerdo mi balcón más nuevo y bonito y unas lindas flores amarillas en él. También recuerdo las leyendas desconocidas que me contaba mi abuelo. Una de las que más me gustaba trataba de unas flores amarillas. Bueno, en realidad esa leyenda era muy conocida en mi pueblo.

Me acuerdo de la leyenda como si la hubiera escuchado ayer:

Había una vez una niña llamada Esmeralda que vivía con sus padres, su abuela, y su hermano pequeño. Era una niña rica. Hoy, era el día de su cumpleaños, y por lo tanto recibió sus regalos. Sus padres le regalaron un vestido de seda azul, su hermano un dibujo de la playa vista desde su gran jardín y su abuela unas simples pero hermosas flores amarillas. La niña no sabía porqué su abuela siendo tan rica la había regalado unas sencillas flores amarillas. Pero aún así la niña pensó que las flores eran el regalo más hermoso de los que tenía. Esmeralda plantó las flores en el jardín, para que tuvieran luz.

Unos días después, la niña, sin tener alguna razón especial, tenía una alegría que contagiaba al que veía. Ese día, Esmeralda fue al jardín a ver cómo estaban sus queridas flores. Se encontró con que las flores estaban más bonitas de lo normal. Pero, sin embargo cuando un día de invierno se puso enferma, las flores hicieron lo mismo. Parecía como si fueran un pedazo de ella.

Una buena tarde de primavera toda la familia se fue a pasear por la playa. A Esmeralda le encantaba el mar y la playa, por eso, se metió en el mar, pero una ola gigante la cubrió. Su familia toda preocupada la empezó a buscar, pero no la encontraron.

Dos días después, encontraron su cuerpo en el agua. Sin saber porqué aparecieron unas flores amarillas junto a ella. Esmeralda no estaba muerta y murmuraba que las flores la habían salvado y las guardaría para siempre. Algún tiempo después Esmeralda ya estaba bien, y guardó las flores para siempre.

La gente del pueblo decía que aquellas flores duraron durante generaciones y generaciones, y, lo más importante, que aquella niña era mi tatarabuela, y que por lo tanto las flores que tenía en mi balcón eran de ella, así que se las di a mi hijo, y, seguramente mi hijo, se las habrá dado al suyo y así por siempre jamás.

 
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