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Capítulo III

Había caído al jardín de la casa. Estaba
rodeada de césped. De vez en cuando, un poco de trébol
y una flor amarilla. Notaba frescor bajo las patas. La tierra
estaba húmeda. Olía bien. Aspiré. Miré
hacia el sol.
Estaba haciéndose de noche. Tenía que buscar algún
escondite oscuro y estrecho para dormir. Avancé hacia una
pared y caminé paralelo a ésta, hasta llegar a un
saliente bajo, como un tejadito, que me venía a la medida.
Me deslicé bajo el hueco, y me dormí. Estaba muy
cansada.
Al poco, me despertó un ruido, seguido de un soplo de
aire caliente; metí la cabeza en lo profundo del aparazón,
porque me asusté y retrocedí rápido hacia
el fondo del agujero.
- Fu-fu-fu...- soplidos otra vez. Ruido de rascar - ... fu...-
ahora, unos dientes blancos intentando atraparme -... fu...- y
de repente, se alejó de un salto y desapareció.
Yo, nunca había visto un perro. Era un perro.
Seguramente sólo quería jugar un poco conmigo,
mordisquean todo. Mi caparazón estaba blandito, por la
falta de sol, y de comida adecuada. Me habría aplastado,
si me pilla. ¡Uf! ahora, la que soplaba de alivio era yo.
Ya no me podía dormir.Me metí en mi caparazón
y no salí hasta que se hizo de día, por completo.
Entonces, saqué la cabeza, y miré. Nada se movía.
Pues, adelante, patitas. Pasé de cesped a algo más
duro y seco. Era piedra gris. Todo era liso y llano. Yo, llamaba
mucho la atención al moverme. De pronto sentí movimiento
cerca; ruido; comencé a correr. De pronto, me di cuenta
de que estaba corriendo, pero no avanzaba: ¡pataleba en
el aire! ¡no tocaba el suelo! ¡e iba subiendo altura!

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La tortuga responde

Aunque muy bajito, tan bajito que
sólo la puede oir Ana, la tortuga
Susurri responde
a todas las preguntas que siempre quisiste hacer sobre
mascotas exóticas.
La tortuga


Las tortugas como yo adoramos el sol, y el buen tiempo. ¡es
lo mejor!.
Pero no todo el mundo conoce nuestros
gustos, ni como cuidarnos bien.
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